Varios
2026: el verano que nos obliga a mirar a los más vulnerables
Hay veranos que recordamos por las vacaciones, las fiestas, los viajes o las noches en la calle. Y hay otros que dejan una huella mucho más difícil de olvidar.
Cuando el calor deja de ser solo calor
El verano de 2026 no ha sido simplemente otro verano caluroso. Ha sido el más caluroso registrado en España desde que existen datos oficiales, y una reconstrucción climática de AEMET apunta a que tampoco habría habido un verano tan cálido desde, al menos, 1869.
Hablamos mucho de récords de temperatura, de olas de calor y de noches tropicales, pero hablamos bastante menos de quienes pasan esas noches sin poder dormir, de quienes no pueden abrir una ventana o desplazarse por sus propios medios, de quienes necesitan a otra persona para beber agua, tomar su medicación o acudir a un lugar fresco.
Cuando los termómetros superan una y otra vez los 35, 40 o incluso más grados, no todas las personas parten de la misma situación. Para una persona joven y sana, pasar unas horas de calor extremo puede resultar desagradable. Para una persona mayor que vive sola, para alguien con una discapacidad o para quien necesita ayuda para desplazarse, hidratarse o realizar las tareas básicas, las mismas temperaturas pueden convertirse en una amenaza seria.
Así pues cuando hablamos de un nuevo récord, de una nueva ola de calor, de temperaturas que antes parecían excepcionales y que ahora empiezan a formar parte de nuestra normalidad, deberíamos preguntarnos ¿normalidad para quién?, porque el calor no se vive igual en todas las casas ni por todas las personas.
Los datos sanitarios deberían hacernos reflexionar. El sistema MoMo estimó 3.832 fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas en 2025, y Sanidad advierte de que el riesgo de mortalidad aumenta entre un 9,1 % y un 10,7 % por cada grado que la temperatura supera el umbral de riesgo sanitario. El calor extremos, es pues, perjudicial, pero no de la misma manera ni con la misma intensidad a todas las personas.
Las personas mayores son especialmente vulnerables. Con la edad, el organismo tiene más dificultades para regular la temperatura y, además, es frecuente que existan enfermedades crónicas o tratamientos que aumenten el riesgo. No es casualidad que las estadísticas de mortalidad durante los episodios de calor afecten de manera desproporcionada a este colectivo.
En las personas con discapacidad, además, pueden aparecer otras barreras. Una discapacidad física puede dificultar el desplazamiento hacia un espacio climatizado. Una discapacidad intelectual o cognitiva puede hacer más difícil identificar o comunicar los síntomas. Y para muchas personas que necesitan apoyos, afrontar varios días de temperaturas extremas depende directamente de que exista alguien disponible para ayudarles.
Por eso, proteger frente al calor también significa garantizar autonomía, accesibilidad y cuidados. No todo el mundo dispone de aire acondicionado, de una vivienda bien aislada o de una familia cerca. No podemos asumir que basta con recomendar beber agua y permanecer en lugares frescos, si bien son recomendaciones necesarias, son insuficientes cuando hablamos de personas que viven en viviendas precarias, que tienen dificultades económicas o que necesitan apoyos para prácticamente cualquier desplazamiento.
Detrás de cada cifra de mortalidad hay una persona, una familia y una historia. Y detrás de cada persona mayor o con discapacidad que atraviesa una ola de calor hay una responsabilidad colectiva.
En definitiva, este verano nos ha dejado un récord de calor. Pero el verdadero desafío no debería ser acostumbrarnos a él, sino conseguir que, cuando llegue la próxima ola de calor, ninguna persona mayor, ninguna persona con discapacidad y ninguna persona vulnerable tenga que enfrentarse sola a ella.
Porque combatir el calor extremo también es cuidar. Y cuidar de quienes más lo necesitan no debería ser una opción: debería ser una prioridad.